La marquesa Casati teñía su pelo de color rojo fuego y aplicaba a sus ojos gotas de belladona para dilatar sus pupilas. Acudía a fiestas y reuniones en compañía de su esclavo tunecino, al que hizo pintar por completo su cuerpo de dorado como si se tratase de un complemento más de su vestuario. Tenía como mascotas dos guepardos que solía sacar a pasear de noche por las calles de París y usaba como collares y pulseras pequeñas culebras que se enroscaban alrededor de su cuello y muñecas. Escogió el color negro como insignia en una época en la que las elegantes damas eduardianas vestían de impoluto blanco. Hizo que los más importantes artistas de su época la retratasen, llegando a tener en sus palacios estancias y estancias repletas de obras inspiradas en ella, palacios sobre cuyos suelos se retorcían serpientes para asombro de sus invitados. En una ocasión le preguntaron sobre el propósito de tanta excentricidad y exceso, a lo que respondió: “Quiero ser una obra de arte viviente”. Tras perder toda su fortuna en sus peculiares vicios, pasó sus últimos días en Londres, pobre y enloquecida, usando uno de sus otrora espléndidos vestidos de terciopelo negro como uniforme y buscando entre la basura plumas con las que adornar sus cabellos.
En la imagen, retratada en 1914 por el gran Giovanni Boldini.
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